Condenados a morir, condenados a vivir

CONDENADOS A MORIR, CONDENADOS A VIVIR.
EL CINE COMO PERSEVERANCIA EN E SER EN UM MINUTO É UMA ETERNIDADE PARA QUEM ESTÁ SOFRENDO, DE FÁBIO ROGÉRIO Y WESLEY PEREIRA DE CASTRO

Por Agus Wetzel 


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En el 2024 el sociólogo argentino Lucas Rubinich escribió un libro llamado Contra el Homo Resignatus: Siete ensayos para reinventar la rebeldía política en un mundo invadido por el desencanto. Una de las premisas de las que este libro parte es la incertidumbre que generan las transformaciones regresivas propias de la degradación de las instituciones en el marco de lo que él denomina la cultura del capital financiero. En este escenario, capta algunos elementos relativos al deterioro de viejas sensibilidades y del surgimiento de otras nuevas, escenario en el que atiende a los procesos que generaron nuevas formas de sufrimiento en las distintas variantes de las clases oprimidas, así como a la naturalización optimista de ese nuevo orden. En este escenario, las instituciones que sirvieron de antaño como contención hoy se derrumban incentivando la lucha por la sobrevivencia de los mejores, esto es, en concreto, los más aptos en el terreno de la cultura del capital financiero. Los mejores podrían conformar ese amplio espectro social donde tienen lugar trade marketers, incels, tokenistas, runners, rage baiters, bullys & bros produciendo una larga y desmedida lista de formas inestables, ansiosas y normalizadas de subjetivación contemporánea, que tienen al empresario de sí mismo como personaje principal. Estas comunidades económicas (de homo œconomicus) toman una de sus formas primarias de los movimientos arqueológicos que tienen a las redes sociales como soporte primigenio. Bajo ese prisma, múltiples capas geológicas de la nueva humanidad tecnificada encuentran un placebo y un lugar a donde ir. Pero si tenemos un sector de la población que ha encontrado un lugar a donde ir en el territorio maníaco de las redes sociales, cabe preguntarse qué ocurre con ese otro resto que ofrece, a la sentencia mekasiana, una continuidad antropológica, ese resto sin ningún lugar a donde ir.

La imagen es la de una gran autopista donde dos carriles direccionan ideas y posicionamientos hacia el norte o hacia el sur, y en donde, cada tanto, ocurre un desafortunado accidente propio de lo humano. Un perro cruza la autopista, una vaca menos posiblemente, una ardilla tal vez. Sea como sea, el accidente se produce y esa corriente que fluye de un lado al otro se detiene dando lugar a otra cosa, una cosa nueva, que corta el flujo conocido de las acciones e impone una forma nueva –y no necesariamente renovada– de continuar. Pienso el accidente y viene a mi mente el proceso de Herem que le hicieron a Baruch Spinoza a partir del cual resultó excomulgado de La Haya, quedando sellado para siempre como maldito y sin comunidad. Aún deseante, Spinoza continuó escribiendo en la sombra y bajo el cuidado secreto de un puñado de amigos que corrieron el riesgo de alojarlo y pudieron traficar su Tratado teológico-político, publicado anónimamente y con falso pie de imprenta en 1670 (*). Impresiona que una persona que haya sido enjuiciada de la manera en que fue Spinoza termine definiendo uno de los conceptos más vitales de la filosofía moderna, me refiero al conatus: la potencia por la cual cada cosa, en cuanto está en ella, se esfuerza por perseverar en su ser

Cuando pienso en la película Um minuto é uma eternidade para quem está sofrendo (63’) de Fábio Rogério y Wesley Pereira de Castro, el carril que observo es el que se dirige hacia el sur –el protagonista y co-director del documental vive y filma en Sergipe (Brasil)– y la imagen que se me presenta es la de un accidente geológico que impacta sobre la comunidad del cine contemporáneo. Se trata de un buen accidente, capaz de conmover las placas tectónicas por las que surfean amantes del cine, mercenarios de toda clase, sádicos carroñeros y espectadores acostumbrados. Mirando hacia el lado sur de la carretera, Um minuto me interesa como accidente porque es un documental donde se tensan una serie de cuestiones que tienen relación con las categorías de comunidad, precariedad, capacitismo y capital financiero. En esa línea, este documental pone sobre el tablero una serie de problemas que resultan centrales para los debates actuales en torno al cine documental y que guardan relación con el lugar que el cine tiene guardado para el dolor psíquico en el terreno del capitalismo de plataformas. En tanto accidente, Um minuto é uma eternidade para quem está sofrendo está aconteciendo ahora, circulando en varias pantallas por festivales mundiales: ya tuvo su paso por el 28º Festival de Cine de Tiradentes donde resultó ganador del Premio Aurora, Curta-se: Festival Iberoamericano de Cinema de Sergipe y en la 23º edición de Doclisboa, donde formó parte de la Competencia Internacional.

A lo largo del documental, con el celular en la mano y filmándose a sí mismo, Pereira de Castro, un puto pobre e intelectual del barrio de Aracaju, experimenta situaciones de un alto grado de convulsión y malestar psicológico. Partiendo de un registro cercano al de un diario filmado, registra con la cámara de su celular su día a día, que transcurre entre duchas, pajas, diálogos con animales, lecturas y películas que mira junto a su abuela en el televisor del living. Es una atmósfera calurosa, donde llueve de seguido y el patio se inunda. El agua entra a la casa sin descanso, como una acequia. En el barrio de Sergipe falta agua, saneamiento estable y, a veces, incluso comida. En ese contexto, el protagonista grita, llora y, de a momentos, se muestra huyendo y refugiándose del acoso de alucinaciones paranoicas en pequeños pasillos de cemento y ladrillo. En un cuaderno escribe: ¿por qué siempre tengo ganas de matarme?; me siento solo. Pareciera no existir, a su alrededor, una comunidad humana capaz de albergar este sufrimiento que va desde la soledad, pasa por estados de manía, de tristeza y concluye en momentos desesperantes de persecución alucinatoria. En todo caso, la pequeña comunidad interespecie de Pereira de Castro se traza con su amigo sergipiano Fábio Rogério -junto a quien dirige y monta la película-, con su madre Rosane, con unas tortugas, unas gallinas, patos, perros y muchas películas (Rohmer, Waters, Parente, Nuri Bilge Ceylan, Adirley Queirós, etc). Los libros también son parte de ese común: lee a Becket, a Deleuze y pasajes de la Santa Biblia. En el aluvión de estímulos maníacos que conforman sus precarias herramientas de supervivencia, también dedica algunos minutos a buscar hombres en apps de citas, donde se describe como Depresivo. Virginal. Anti-Bolsonaro. Aficionado al cine. Religioso. Pornoteórico. Centrípeto. Vegetariano. Amante de la literatura. Proto-suicidio. Indiscreto. Así, el documental transcurre entre libros y pajas que Pereira de Castro documenta con su teléfono: más alejado de lo pornográfico y más cercano a lo erótico que, por erótico, es también maldito y aparece como una asignación, una clave que nos permite pensar en esas eroticidades precarias como formas de lidiar también con la desesperación y la ansiedad. 

Las sombras de un lazo social precario aparecen mediadas por su adscripción a un grupo social de formación académica ligada a la crítica cinematográfica en Brasil (Wesley es un crítico de cine reconocido en todo el país y tiene una Maestría en Comunicación con una tesis sobre cine brasileño) que, a simple vista, no pareciera ser un refugio a la mano. Este es uno de los obstáculos que Rubinich señala en Contra el Homo Resignatus, el dice: “miles y miles de obreros industriales que realizaban trabajos similares, que habitaban barrios comunes y convivían a diario en grandes barracas, encontraban condiciones objetivas para sentirse parte de un grupo común” (p.47). No es lo que sucede en Um minuto. Aquí las siluetas de un precario lazo social aparecen por medio de la figura de su madre Rosane y algunos pocos amigos entre los que están Fábio Rogério y Marcelo Ikeda (con quienes ha realizado muchas colaboraciones en el campo audiovisual), así como un muestrario de personas que se exhiben en las apps de citas que el narrador visita en busca de un posible lazo sexual- social. 

Marcelo Ikeda, crítico brasilero a quien se dedica esta película, dice que Um minuto no puede pensarse lejos de las políticas de urbanización y acceso a la educación en Brasil a partir del gobierno de Lula, que brindaron a las personas de las periferias la posibilidad de ingresar a la universidad y vivir del pensamiento, el arte y la cultura. Sin embargo, dice Ikeda, estas políticas reflejan otros problemas subyacentes al mero acceso y tienen que ver con los efectos de esa educación pretendidamente igualitaria e ilusoriamente accesible. Ok, todos accedemos bajo el reinado progresista, la educación llega a los más recónditos sectores sociales pero, ¿qué hay después, cuando no se forma parte de un grupo social privilegiado, cuando se es de una minoría sexo-genérica, cuando se tiene una discapacidad o cuando se es pobre? Um minuto nos permite así reflexionar sobre algo fundamental: los padecimientos psíquicos tienen color, clase social, género, raza, sexo.

Hay un momento del film en el que a Pereira de Castro le llega por correo un ejemplar de un libro de historia de la crítica del cine, que reúne una serie de artículos críticos entre los que aparece uno de su autoría. Él lo filma con el celular, lo tira sobre la cama y sigue haciendo otra cosa. En otro momento del mediometraje, Pereira de Castro se filma a sí mismo haciendo una presentación para postular a un trabajo que ninguna relación tiene con su formación como crítico. De esa manera, la película hace visible lo que señala Mikkel Krause Frantzen (2019), esto es, que detrás de este crecimiento exponencial de las depresiones y los síntomas de pánico y ansiedad, se esconde una cuestión de economía política donde no hay alternativa a la precarización, a la desposesión, a la corrosión de la vida. Así, el documental pone en escena una serie de problemas materiales que son urgentes pero, por urgentes, invisibilizados y escasamente discutidos en las esferas incluso más progresistas. Fran Castignani dice: “La depresión se ha transformado en otra pandemia silenciosa, de la que nadie quiere oír ni hablar”. Eso, en el terreno del cine trae una serie de preguntas que, en el mejor escenario, no darán como resultado aproximaciones que se explicarían fácilmente con la expresión propia de la tradición gauchesca: “desensillar hasta que aclare”. Ocurre que tarda mucho en aclarar, y la necesidad de sobrevivencia se convierte en el objetivo primordial. Ante esta encrucijada las preguntas que me surgen son: ¿Cómo puede el cine contemporáneo alojar este tipo de documentales? ¿El cine está preparado para escuchar esta película? ¿Cómo miramos de frente el sufrimiento ajeno sin patologizar, estabilizar o sostener doctrinas de hiper diagnosticación fechadas con el sello del cuerdismo social? ¿Puede el cine recrear sentidos de lo común mientras cada vez más sujetos eligen no pensar en el presente ni en el futuro?.

Partiendo de selfies y filmaciones que registran sus condiciones materiales de su existencia, Pereira de Castro construye una narración que trae a escena experiencias contundentes de dolor psíquico crónico a lo largo del mediometraje documental. Las selfies y el auto espectáculo aparecen como métodos que, por un lado, viabilizan la realización de esta película y, por otro, tensan una narrativa que es también un síntoma de época, de eso que nos han impuesto como la única narrativa colectiva posible en el imperio de la autodeterminación en las redes. Estas imágenes, sin montaje, podrían pertenecer al universo de las historias de Instagram dado que se trata de lapsos breves que se entrecortan abruptamente para pasar a la siguiente cosa. En este punto, creo que el planteo del montaje es lúcido al mantener una duración no tan extensa y un ritmo maníaco, característico del universo de las historias de instagram donde scrolleando podemos pasar por la publicidad de una hamburguesa hasta un portal de ayuda humanitaria en cuestión de segundos. Aquí también las imágenes, por operación de montaje, se presentan transparentes, sin grietas ni asperezas. Sólo que aquí, en el territorio del cine, la cosa no se resuelve reposteando o poniendo un like (**). La partida da como resultado imágenes honestas y contundentes. El cine se muestra sin grandes artilugios y con muy pocos remedios. Um minuto, en ese sentido, reabre una serie de agujeros simbólicos que aún no se han reparado y que son el caballito de batalla de los dispositivos neoliberales de construcción de la subjetividad contemporánea en el realismo capitalista. Una construcción de la cual, pese a todo, aterradoramente, formamos parte creando islas de legitimación expandida, en las que ingresan unos pocos y otros tantos quedan afuera, porque bajo el sello de la normalización se autoriza una forma domesticada de estar en el mundo, de caminar, de movernos y expresarnos por medio de la civilización de las palabras y la moderación. Distanciarse del rictus normalizado se paga con exclusiones, omisiones e hipocresías cancelatorias que tienen como fin aislar sujetos y repetir la maquinaria opresiva a pequeña escala. Esa, dice Christian Ferrer, es “la utopía de toda policía secreta: que el trabajo sucio se haga con la inestimable ayuda de la población –lanzada a la cruzada de turno–”. Más raro aún: se trata de un juego en el cual todos prefieren ser vigilantes y ninguno ladrón.

A partir de Um Minuto, las dolencias mentales han dado al cine un manual de honestidad y rebeldía política refugiada en intimidad, creando lenguajes que resisten a las catapultas de la industria, ofreciendo formas de habitar la sala de cine a través de miradas reticentes y rezagadas que traen a estos espacios sentimientos de malestar, de euforia, de desconfianza, de erotismo, de encanto y desencanto, todo junto y a la vez. A este adentro se ingresa en busca de reconocimiento y, esto, en términos hegelianos, resulta un drama. El documental, por tanto, habita intermedios incómodos entre el deseo de reconocimiento del sujeto (fundante para Hegel) y el deseo de desaparición. A partir de murmullos distorsionados, perseverando en su ser, Pereira de Castro  introduce un gesto de mínimo desacomodamiento, una apuesta y una acción humana potencialmente transformadora que, de algún modo, reinventa formas de ir contra de ese homo resignatus, es decir, contra la resignación como única vía posible en la cultura extendida del capital. Sobre ese suelo, dice Rubinich, “trabaja la acción política que no se conforma con el mundo en que se vive y llama a imaginar otros”. Los empujes vitalistas y las formas que asume la perseverancia como conatus en el día a día de Pereira de Castro nos conmueven, a la vez que nos dejan -en buenahora- indefensos. En el terreno del cine se hace evidente que, para completar la insuficiente pregunta por la vida o, al menos para no vaciarla de sentido, también hace falta la pregunta radical por la muerte en términos simbólicos (como pulsión y goce tanático) y en términos materiales; con especial recaudo si consideramos narrativas que salen de eso que conocemos como tercer mundo. Son preguntas que el cine tendrá que hacerse sin necesariamente dar una respuesta, tal vez dejando florecer la pregunta sin resolverla ansiosamente, anularla o cancelarla fácilmente. Cabe imaginar cómo es posible activar, en el terreno del cine, ejercicios de apoyo mutuo y hospitalidad política que dignifiquen los cuidados en la cultura del capital financiero, haciendo del cine un lugar de justo asilo para este tipo de documentales. Se trata de imágenes que nos hablan de estar dispuestos a entrecerrar un poco los ojos y hacerles lugar a las sombras y las siluetas de nuestra íntima oscuridad. Nos vamos de la sala de cine sin respuestas, indefensos y con un drama necesario bajo el brazo. 

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(*) Nota 1: alojar es un riesgo que hay que correr.
(**) Nota 2: el dolor psíquico no se puede post-producir.

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