El cine de primera línea en Bobò de Pippo Delbono
EL CINE DE PRIMERA LÍNEA EN BOBÒ DE PIPPO DELBONO: UN DOCUMENTAL DE ACCIÓN DIRECTA
por Agus Wetzel
En la trayectoria de Delbono puede verse la hibridación de los lenguajes del cine y el teatro, especialmente desde
Amore Carne (2011), pero acá opera un salto en el lenguaje que no había aparecido antes en su cine. Su madre le pide que haga una película sobre el amor pero él hace mucho más que una película. En el cine de Delbuono no hay matices, se opera desde
la primera línea: acción directa. En el campo de la militancia política, la primera línea hace alusión al grupo de personas que se desplaza en la primera línea de frente en las manifestaciones, actuando como escudo humano para el resto de los manifestantes, en confrontación directa con el aparato represivo. Si pensamos el dispositivo psiquiátrico asilar como parte de los aparatos represivos del Estado, el gesto de Delbono al tomar la tutela de Bobò y dibujar para él una vida por fuera del encierro, se convierte en un gesto de primera línea. Es un cine de intensidades manifiestas, de un lirismo de choque, un cine intenso que no agrega capas edulcorantes ni busca poner un borde a ese sujeto que nos excede por completo, dejándonos la posibilidad de
tocar la fibra donde habitan los encuentros entre humanos y los huecos de lo discursivo. El
continuum sin filtros de la película produce un empuje vitalista que, en el cine de Delbono, es capaz de generar una intensidad singular, posiblemente originada en el orden dramático teatral, que nos conduce hacia formas renovadas de
reparto de lo sensible donde el cine entroniza con los malestares del mundo ofreciendo no curas, sino estrategias de cuidado y apoyo mutuo. El cine entonces se convierte en el lugar de la no resolución pero sí de la implicación ética, lo cual conlleva en sí misma la pregunta por la existencia en relación con los otros y por el afecto como un modo político de pensar las imágenes una vez que estamos fuera de la sala de cine, cuando el objeto mismo desborda el espacio de existencia.
por Agus Wetzel
La última película de Pippo Delbono,
Bobò (82’), fue exhibida en el marco de la sección Heartbeats en la 23º edición de Doclisboa. En los primeros minutos de
Bobò, Pippo Delbono nos habla de la depresión que lo acompañó gran parte de su adultez a partir de recibir un diagnóstico de HIV+, estado que logra disiparse a partir de su encuentro con Vincenzo Cannavaciuolo, a.k.a. Bobò, un hombre diagnosticado con microcefalia y retraso madurativo encerrado durante cuarenta y cinco años en un asilo en Aversa, cerca de Nápoles. El encuentro se produce cuando, en 1995, Delbuono va junto a su compañía de teatro a dar un taller de artes dramáticas para cientos de personas que, fijados en un diagnóstico de por vida, fueron abandonadas en este tipo de instituciones por sus familias o por el mismo Estado. La comunidad entre ambos nace del secuestro: Pippo, con la Ley Basaglia bajo la manga y sin ningún plan concreto en mente, literalmente secuestra a Bobò de esa institución y lo lleva a vivir con él a su apartamento en un momento increíblemente oscuro y difícil de su vida. En ese momento empieza una amistad y una colaboración en el campo del teatro que durará hasta el año 2019, cuando Bobò fallece y Pippo empieza a imaginar esta película, que es también un homenaje a su amigo. Franco Basaglia, a quien nombra en los primeros minutos de la película, aparece entonces como un fantasma a lo largo de la película. El psiquiatra italiano y militante de izquierda fue el impulsor de un movimiento social, político y cultural en salud mental que luchó por el cierre de los hospitales psiquiátricos en su país, lo cual se hizo efectivo a partir de la promulgación de la ley 180 (más conocida como “Ley Basaglia”) en 1978. Para Basaglia, en el contexto de una sociedad capitalista, el dispositivo manicomial formaba parte de las instituciones burguesas dedicadas a la explotación y opresión de la clase trabajadora. Bobò, en ese sentido, no puede pensarse lejos de la Ley Basaglia y, sobre todo, de la visita de Pippo que efectivizó que se abrieran las puertas del manicomio reconstruyendo para Bobò las líneas perdidas de un lazo social (Bobò estuvo internado en ese manicomio durante dos tercios de su vida), a través de su incorporación a la compañía de teatro que crea, en 1986, junto al cordobés Pepe Robledo, y a partir de la cual consiguen un extraordinario reconocimiento artístico, con colaboraciones en obras de teatro donde juntos interpretaron una infinidad de roles y óperas tradicionales como
Pagliacci,
Don Giovanni y
Madame Butterfly.
A partir de los archivos de obras de teatro realizadas durante veinte años de su vida juntos –imágenes originales, fragmentos de obras de teatro y momentos cotidianos que ponen de relieve la relación de amistad entre los dos artistas–, la película reconstruye el encuentro de Pippo con Bobò en un collage de imágenes de archivo granuladas y una estética rudimentaria característica del cine generado a partir de imágenes de archivo digital en VHS. La música, protagonista indiscutible de la película junto con la inconfundible voz en
off del director, contribuye a ir trazando los hilos de una historia en la que, progresivamente, Pippo abandonará el habla, para empezar a balbucear, gritar y bailar como le enseña su amigo Bobò, que sólo se comunica a través de esas herramientas expresivas. Hacia el final de la película, ya sin Bobò, Pippo baila, se hace de un
cuerpo sin órganos y experimenta lo que se siente al tener la libertad de moverse sin sentido. Se abandona el territorio de la coherencia y el imperio del habla, tal vez ese sea otro de los hallazgos más sensibles de esta película. Lo que queda para Pippo luego, sin Bobò.


